domingo, 12 de junio de 2011

EL PATO Y LA MUERTE

El siguiente cuento nos invita a reflexionar sobre la muerte.
A propósito, ¿ qué pensamos de ésta?
¿Por qué es tan dificil para el ser humano aceptarla?...

Mis queridos estudiantes, quisiera que leyeran el cuento y luego hicieran su propio comentario.


EL PATO  Y LA MUERTE


Desde hacía tiempo, el pato notaba algo extraño.

-       ¿Quién eres?  ¿Por qué me sigues tan de cerca y sin hacer ruido?

La muerte le contestó:
-       Me alegro de que por fin me hayas visto.
Soy la muerte.

El pato se asustó.
Quién no lo habría hecho.

-       ¿Ya vienes a buscarme?
-       He estado cerca de ti desde el día en que naciste… por si acaso.
-       ¿Por si acaso?- preguntó el pato.

-       Sí, por si te pasaba algo. Un resfriado serio, un accidente… ¡nunca se sabe!

-       ¿Ahora  te encargas de eso?

-       De los accidentes se encarga la vida; de los resfriados y del resto de las cosas que os  pueden pasar a los patos de vez en cuando, también. Sólo diré una: el zorro.
El pato no quería  ni imaginárselo.
Se le ponía la carne de gallina.
La muerte le sonrió con dulzura.
Si no se tenía en cuenta quién era, hasta resultaba simpática; incluso más que simpática.
-       ¿Te parece ir al estanque?- preguntó el pato.
La muerte ya se lo había temido…
Después de un rato, la muerte  tuvo que admitir que su pasión por zambullirse tenía límites:
-       Perdóneme, por favor- dijo-. Necesito salir de este lugar tan húmedo.

-       ¿Tienes frío?- preguntó el pato-  ¿Quieres que te caliente?
Nunca nadie se había ofrecido a hacer algo así por ella.
A la mañana siguiente, muy temprano, el pato fue el primero en despertarse.
-       “¡No me he muerto!” , pensó.
Le dio a la muerte un golpecito en el costado:
-       ¡No me he muerto! – graznó henchido de felicidad.
La muerte levantó la cabeza:
-       Me alegro por ti- dijo desperezándose.
-       ¿Y si me hubiera muerto…?
-       Entonces no habría podido descansar tan bien – contestó la muerte bostezando.
“Esa respuesta no ha sido nada simpática”, pensó el pato.
A pesar de que el pato se había propuesto, a partir de ese momento, no volver a decir nada más, no aguantó mucho tiempo callado:
-       Algunos patos dicen  que te conviertes en ángel. Te sientas en una nube y desde ahí puedes mirar la tierra.
-       Es posible- la muerte se incorporó-, pero de todas maneras tú ya tienes alas.
-       Algunos patos también dicen que en las profundidades de la tierra hay un infierno en el que te asan si no fuiste un pato bueno.
-       Es asombroso  todo lo que se cuenta entre los patos, pero quien sabe…
-       ¿Entonces tú tampoco lo sabes?- grazno el pato.
La muerte sólo lo miró.
-       ¿ Qué hacemos hoy?-  preguntó de buen humor
-       Hoy no iremos al estanque- exclamó el pato- ¿Qué te parece si hacemos algo verdaderamente emocionante?
La muerte se sintió aliviada.
-       ¿Subirnos a un árbol?- preguntó burlonamente.
El estanque se veía muy, muy abajo.
Ahí estaba, tan silencioso…y solitario.
“Así que eso es lo que pasará cuando muera”, pensó el pato.
“El estanque quedará”… desierto. Sin mí.”
A veces, la muerte podía leer los pensamientos.
-       Cuando estés muerto el estanque también desaparecerá; al menos para ti.
-       ¿Estás segura? – preguntó el pato desconcertado.
-       Tan segura como seguros estamos de lo que sabemos- dijo la muerte.
-       Me consuela, así no podré echarlo de menos cuando…
-       ….hayas muerto- terminó la muerte
-       ¿ Por qué no bajamos?- le pidió el pato un poco después-
Subido en los árboles se piensan cosas muy extrañas.
Durante las siguientes semanas, fueron cada vez menos al estanque.
Se quedaban sentados en cualquier lugar que tuviera hierba y casi no hablaban.
Hasta que un día, una ráfaga de aire fresco despeinó las plumas del pato y éste sintió frío por primera vez.
-       Tengo frío- dijo una noche- ¿Te importaría calentarme un poco?
La nieve caía. Los copos eran tan finos que se quedaban suspendidos en el aire.
Algo había ocurrido. La  muerte miró al pato.
Había dejado de respirar. Se había quedado muy quieto.
La acarició para colocar un par de plumas ligeramente alborotadas, lo cogió en brazos y se lo llevó al gran río.
Allí, lo acostó con mucho cuidado sobre el agua y le dio un suave empujoncito
Se quedó mucho tiempo mirando cómo se alejaba.
Cuando le perdió de vista, la muerte se sintió incluso un poco triste.
Pero así era la vida….

(Wolf  Erlbruch).

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